Irving Sauri
Medina
La letra de mi vida
Déjate transformar por este viaje llamado vida
Mateo nunca imaginó que su destino estaría cifrado en una sola letra. A través de una serie de encuentros fortuitos, cada persona que se cruza en su camino lo transforma de manera irreversible, enseñándole que amar también implica romperse, crecer y aprender a avanzar cuando el suelo desaparece bajo los pies. Entre promesas rotas, sueños compartidos y la valentía de volver a empezar, descubrirá que ninguna historia se escribe en solitario.
La letra de mi vida es un viaje profundamente emotivo sobre el amor en todas sus formas y sobre esos encuentros que nos definen. Porque, al final, somos la suma de quienes nos aman, de quienes nos cambian y de quienes dejan en nosotros una huella imposible de borrar.
© 2021
© 2021
Irving Sauri Medina
Irving Sauri Medina, maestro en Comunicación Corporativa por la Universidad Anáhuac Mayab, ha cultivado desde la infancia una profunda sensibilidad artística a través del teatro, la música y la lectura. Su trayectoria profesional en la industria de la aviación nutre su narrativa literaria con las historias, viajes y despedidas que observa alrededor del mundo.
Con La letra de mi vida, su primera novela, ofrece un relato profundamente humano sobre el amor, la identidad y el proceso de aceptación dentro de la comunidad LGBTQ+.
Actualmente trabaja en su segundo manuscrito, convencido de que la literatura preserva la huella indeleble de cada encuentro.
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La letra de mi vida
Mateo nunca imaginó que su destino estaría cifrado en una sola letra. A través de una serie de encuentros fortuitos, cada persona que se cruza en su camino lo transforma de manera irreversible, enseñándole que amar también implica romperse, crecer y aprender a avanzar cuando el suelo desaparece bajo los pies. Entre promesas rotas, sueños compartidos y la valentía de volver a empezar, descubrirá que ninguna historia se escribe en solitario.
La letra de mi vida es un viaje profundamente emotivo sobre el amor en todas sus formas y sobre esos encuentros que nos definen. Porque, al final, somos la suma de quienes nos aman, de quienes nos cambian y de quienes dejan en nosotros una huella imposible de borrar.
La letra de mi vida
Capítulo 1
Capítulo 1
Entré al bar sin un motivo claro. A veces basta con querer detenerse en un lugar donde nadie haga preguntas. La música flotaba lo justo para suavizar los pensamientos; el aire olía a sal, a madera cansada y a cerveza fría. Me senté en la barra y pedí algo sencillo. Mientras esperaba, dejé que la mirada recorriera cuerpos ajenos, risas que no me pertenecían e historias a medio empezar.
Sentí la mirada antes de encontrarla.
—No eres de por aquí, ¿verdad? —dijo desde muy cerca.
No apartó la mirada al hablar. Tampoco sonrió. En su voz había una calma incómoda, como si no necesitara confirmaciones. Era el chico del mostrador del día anterior, aunque ahora sin uniforme; con el cansancio suelto de quien ya terminó su turno, pero que sigue observando.
—Sí —mentí.
Ladeó la cabeza apenas. Me recorrió con atención abierta: el cabello rizado revuelto por el viento, el sol todavía marcado en la piel y las pecas apareciendo antes que mis certezas.
—No me gustan las mentiras —dijo.
No sonó a advertencia. Sonó personal, como si también hablara de sí. Bajé la mirada un instante. Cuando volví a levantarla, seguía ahí.
—Aun así —continuó—, puedo darte otra oportunidad. ¿Me acompañas afuera?
Afuera el aire era distinto, más directo. Sentí cómo el cuerpo se me acomodaba al silencio.
—Qué bien se siente respirar —comentó—. ¿Fumas?
Negué.
—¿Mientes siempre así?
Su cercanía no era evidente, pero estaba: en la inclinación del cuerpo hacia mí, en el poco espacio que dejaba para moverme sin que se notara.
—Mira tus pupilas —añadió—. Con esos ojos de niño distraído, cuando mientes pareces llegar tarde a ti mismo.
Reí bajo, más por nervio que por gracia.
—No suelo hacerlo —admití—. Y cuando pasa, se me nota. ¿Te parece si empezamos de nuevo?
Dudó. Tomó aire. Por un momento pensé que se iría.
—Mateo —dije entonces—. Me llamo Mateo.
Algo cambió en su expresión. Un quiebre mínimo, casi imperceptible.
—Max.
Extendió la mano. El contacto fue breve, pero dejó una sensación de lentitud, como si algo hubiera cambiado de lugar. Cuando soltó mi mano, no apartó la mirada.
Nací en el verano de 1981. No hace falta decir el día exacto; en mi familia siempre importó más la estación que el número. Decían que el calor explicaba muchas cosas: el llanto fuerte, el carácter, la forma en que me aferré al mundo desde el primer momento. Fui un niño regordete, de piel clara, con mucho cabello rubio que, desde temprano, insistía en rizarse, igual que el de mi madre.
Según ella, el parto fue largo y doloroso. Nadie entendía cómo un cuerpo tan pequeño y delgado como el suyo había logrado traer al mundo a un bebé tan redondo. Las enfermeras lo repetían entre el asombro y el alivio, como si yo hubiera desafiado una lógica elemental: «¿Cómo salió de ahí?».
Cuando por fin me pusieron en brazos de mi abuelo, sonrió con un orgullo abierto, casi emocionado.
—Por fin —dijo—, un nieto varón.
Lo dijo sin exagerar, pero con una alegría que llenó el cuarto. Venía de una familia de mujeres fuertes —hijas y nietas— que habían marcado su vida. Yo no lo sabía entonces, pero para él yo era algo distinto: una continuidad nueva.
—Está hermoso —dijo una tía.
—Mira esos cachetes —dijo otra—, dan ganas de comérselos.
Mi madre estaba cansada, sudorosa, pero sonreía. Mi padre no soltaba su mano. Alguien preguntó si ya había llorado, si todo estaba bien, si me parecía más a él o a ella. Yo, ajeno a todo, respiraba como podía, inaugurando una vida que todavía no entendía.
Con el tiempo me volví ese niño que todas las tías quieren cargar. Me pellizcaban la cara, me hablaban en diminutivo, me sentaban en piernas ajenas sin preguntar. Yo sonreía; eso también se aprende. Correr, sudar, ensuciarse y volver con las rodillas raspadas no me atraía. Prefería quedarme al margen, mirar primero y decidir después si valía la pena entrar al juego. Casi nunca lo hacía.
En las reuniones familiares alguien siempre decía:
—Ándale, ve a jugar.
Yo asentía, daba unos pasos… y regresaba. A veces cambiábamos la dinámica. Jugábamos a la casita en la sala de mi tía, rodeados de cojines que hacían de paredes. Siempre me tocaba ser el papá.
—Tú trabajas —me decían, y llegas en la tarde.
Sacábamos muñecas, carriolas pequeñas y cocinitas de plástico. Planeábamos cenas imaginarias, horarios y nombres de hijos que no existían. Yo participaba sin sentir que entraba en territorio prohibido. No pensaba si eso era de niñas o de niños; pensaba en cómo se veía la escena completa.
—¿Y tú qué haces? —me preguntaban cuando me quedaba callado.
—Estoy viendo —respondía.
Y era verdad. Miraba cómo se armaban las historias y cómo cada una decidía qué sería cuando fuera grande: ama de casa, doctora o mamá joven. Yo no decía nada sobre mi futuro; solo movía las piezas.
Cuando me cansaba, me levantaba y me sentaba cerca de los adultos. No hablaba ni interrumpía; escuchaba. Observaba cómo se movían, cómo se contradecían, cómo reían a carcajadas y luego bajaban la voz para decir algo importante. Mirar antes de participar se volvió mi forma habitual de estar.
—Es muy serio para su edad —comentaban.
—Es tranquilo —decía mi madre, como si esa palabra me cubriera.
Con ella tenía una conexión distinta. Nunca me empujó a ser otra cosa: si decía que no quería ir a jugar, lo respetaba; si elegía mi ropa, confiaba. Mis padres confiaban en mi madurez de niño: me amarré las agujetas antes que muchos, decidía cómo vestirme y entendía pronto cuándo algo no me hacía bien.
A mi madre le gustaba que me expresara así; que eligiera colores y que dejara crecer mi cabello rizado, largo y libre, no corto como el de los otros niños. Decía que el cuerpo también habla, incluso cuando uno todavía no entiende del todo lo que dice. Yo no lo sabía entonces, pero ya empezaba a escucharme.
Crecí siendo un niño querido. Era el menor de la familia, con dos hermanas mayores que parecían saber siempre un poco más del mundo que yo. Vivíamos en una casa donde no faltaban ni la comida ni el ruido, con padres que construyeron estabilidad a fuerza de constancia. Mi padre trabajaba en la bolsa de valores; hablaba de números y mercados con la misma seriedad con que otros hablan del clima. Mi madre era maestra de artes plásticas y, antes de que yo naciera, llenaba la casa de pinceles, lienzos y colores. Después de mí dejó de trabajar, pero no dejó el arte: lo convirtió en parte de lo cotidiano.
Viajábamos de vez en cuando, celebrábamos cumpleaños sin excesos y aprendimos pronto que el privilegio no siempre se presume; a veces, simplemente se vive. Supongo que de ahí viene mi manera de mirar: del orden de mi padre y del silencio atento de mi madre. Nada en mi infancia parecía fuera de lugar.
Estudié en una escuela católica solo para hombres. Uniformes planchados, rezos por la mañana y una disciplina que se confundía con la virtud. Ahí aprendí a sentarme derecho, a contestar cuando me hablaban y a notar que había formas correctas de ser… y otras que convenía corregir. Una de las primeras lecciones vino del espejo: el cabello debía ir corto, no más de dos centímetros por debajo de la oreja. «Aspecto limpio», decían. «Como debe verse un hombre». Recuerdo a mi madre suspirando mientras me lo cortaban, como si ambos supiéramos que algo pequeño se iba, aunque ninguno pudiera decir qué.
Desde niño aprendí a salirme de la realidad sin hacer ruido. El cuerpo seguía ahí, pero la mente se iba a otros lugares. Imaginaba futuros posibles: algunos ligeros, otros exagerados. Era mi manera de estar sin estar del todo. Se notaba cuando me iba: el cuerpo se me recogía apenas, los hombros caían y la atención se perdía. El mundo seguía ocurriendo, pero lejos. En esos momentos todo sonaba más bajo. Yo me quedaba con mis pensamientos, armando escenas, palabras y versiones de mí que todavía no sabían cómo vivir afuera.
Ahí, al menos, nada estaba mal. No encajaba donde se suponía y, aunque nadie lo había dicho aún, intuía que, tarde o temprano, tendría que aprender a ocultarlo. Pasaron algunos años sin que yo lo notara del todo. La escuela fue cambiando poco a poco: primero canciones y colores; después, exámenes con tiempo y reglas más estrictas. Dejamos de sentarnos en el suelo y empezamos a entrar al aula en filas y por estatura. Dejamos de dibujar por dibujar y empezamos a tener que explicar. Algo se ordenaba afuera. Algo se tensaba dentro.
Yo seguía siendo el mismo niño callado, atento, con la cabeza llena de historias que no siempre salían en voz alta. Aprendí a cumplir, a pasar sin ruido y a observar sin ser visto. Y entonces, en cuarto de primaria, apareció Mauro. Era el psicólogo del colegio. No entraba al salón como los maestros; no levantaba la voz ni cargaba libros gruesos. Aparecía de vez en cuando, con una libreta delgada bajo el brazo y una sonrisa que no parecía obligatoria. Se sentaba al fondo, observaba, y luego pedía que alguno pasara a hablar con él «un momento».
Mis compañeros lo miraban con curiosidad, pero el verdadero interés lo reservaban para la maestra. Comentaban su perfume, sus tacones y la forma en que escribía en el pizarrón. Yo asentía, como se asiente cuando uno sabe qué reacción se espera, aunque no terminara de entender por qué. Porque mientras ellos miraban a la maestra, yo miraba a Mauro. No sabía por qué ni me lo preguntaba.
Cuando él entraba al salón, algo en mí se resistía. La atención se me quedaba fija; no tensa, solo presente. Ahí empecé a notar que mi mirada no siempre iba adonde se suponía. Y aunque no tenía palabras para explicarlo, mi cuerpo ya reaccionaba antes que yo. Estaba en alerta máxima.
Un día me quedé en el pupitre más tiempo del necesario. El cuerpo se me inclinó un poco hacia adelante, como si buscara apoyo; la espalda perdió firmeza. Las voces siguieron, pero llegaron distantes, filtradas, como si no fueran conmigo. Mauro estaba sentado al fondo, con la libreta apoyada sobre la rodilla. No escribía, solo miraba. Cruzó la pierna con naturalidad, inclinó la cabeza y sonrió apenas, como si hubiera notado algo que no necesitaba decirse.
Entonces mi mente hizo lo que solía hacer. Imaginé que se levantaba y caminaba hasta mi banca, no para señalarme ni para corregirme, sino que se agachaba a mi altura y hablaba en voz baja, como si el salón no existiera: «No pasa nada. Puedes estar aquí». Nada más. En esa escena, el pizarrón, las mochilas y el ruido dejaban de importar. No había que fingir ni ajustarse.
—Mateo.
No reaccioné.
—Mateo —repitió la voz, más fuerte.
Seguí ahí, pero lejos.
—Mateo.
Sentí un toque breve en el hombro y volví de golpe. El aire entró rápido. Estaba de pie, aunque no recordaba haberme levantado. El salón entero me miraba.
—¿Qué haces? —preguntó alguien desde atrás.
Las risas empezaron bajas y luego se soltaron. El calor me subió a la cara, ese claro aviso de que uno quiere desaparecer. Me senté torpe, empujando la silla.
—Silencio —dijo la maestra—. Continúen.
Desde el fondo, Mauro me miró. No con sorpresa ni con juicio, sino con cuidado. Ese día no supe qué hacer con lo que había pasado; solo supe que algo se había movido. Desde entonces fui «el raro». No pasó nada grave: no hubo golpes ni castigos, solo miradas, comentarios sueltos y una nueva distancia que se instala rápido. Y eso bastó.
Días después llamaron a mis padres. Les dijeron que yo tenía comportamientos «raritos», que parecía distraído y sensible de más. Que quizá necesitaba disciplina y que sería bueno orientarme hacia actividades más propias de un niño.
Esa noche mi madre se sentó frente a mí. Tenía el ceño fruncido, pero cuidaba el tono.
—¿Todo está bien contigo, hijo? —preguntó ella; por su parte, mi padre escuchaba en silencio—. Dicen que te distraes —continuó ella—, que te cuesta concentrarte. Queremos ayudarte.
Asentí; eso sí lo sabía hacer.
—Vamos a inscribirte en fútbol —dijo mi padre—. Te hará bien. Cosas de hombres.
Fútbol: el mismo lugar donde estaban todos y donde terminaría siendo más expuesto. No preguntaron si quería; ya estaba decidido. Subí a mi cuarto con un sentimiento de frustración. Cerré la puerta con cuidado, como si eso pudiera contener algo que ya se me estaba saliendo del pecho. Me senté en la cama. No entendía bien qué había hecho mal; solo sabía que algo en mí no encajaba como debía.
Por un momento quise ser distinto. Quise no sentir lo que sentía. Quise no ser yo. Las lágrimas llegaron sin que pudiera detenerlas; me las limpié rápido, como si eso también pudiera borrar lo que me pasaba por dentro.
«¿Qué hice mal?». La pregunta apareció sin aviso. ¿Qué estaba haciendo mal para que me miraran así? ¿Por qué lo que sentía parecía equivocado? ¿Por qué no podía ser como los demás? Intenté pensarlo mejor, como si hubiera una respuesta escondida que pudiera arreglarlo todo. Tal vez era mi forma de hablar, tal vez era lo que me gustaba, tal vez era yo. Y por un instante lo deseé con todas mis fuerzas: no sentir eso nunca más. Pero no pude porque no había nada que cambiar. Era yo, y dolía no entenderlo.
Me quedé sentado un momento más, tratando de que todo se calmara, pero no lo hizo. Entonces me levanté, fui al escritorio y abrí una libreta cualquiera. Escribí. Eran trazos crudos, ideas a medio formar; había algo en mí que convenía esconder y escribirlo era otra forma de sacarlo sin que nadie se diera cuenta.
Tardé en entender que la decisión de mi padre no fue mala intención, sino miedo disfrazado de corrección. Hay decisiones que no elegimos y aun así nos cambian la vida porque, aunque en ese momento no fue lo que yo quería, en ese campo seco, bajo el sol de la tarde, iba a conocer a alguien que haría que todo fuera un poco más fácil.


